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Leer este cuento dibuja una sonrisa en mi rostro. Lo escribí pensando en mi queridísima Frouxeira. Los personajes y la historia de Reloj de arena podrían ser reales mientras nadie demuestre que es imposible

 

Clara esperaba a su padre debajo de un castaño, protegida de la inusual fuerza del sol. Estaba impaciente, quería aprovechar aquel día. El viento ausente y una extraña e insólita temperatura invitaban a darse un baño en la playa. Le preguntó a su padre cómo estaría la bandera.

—Pues la verdad que no lo sé, no se oye el sonido del mar. Posiblemente tengamos bandera verde —contestó Germán.

Salieron en el coche por el pequeño camino que los llevaba a la carretera general. Cuando enfilaron la primera recta, Clara miró hacia la playa.

—Papá, no se ve el mar.

Germán pensó que la bruma impediría verlo.

La temperatura exterior estaba por encima de lo habitual y una rara sensación los inquietaba. El calor no agobiaba, no se percibía la humedad que lo hubiera hecho insoportable.

En la primera rotonda giraron hacia la carretera que bajaba a la playa. Llegaron a la última curva. Clara se asustó, Germán pisó el freno del coche. El que venía detrás empezó a pitarle. No le hizo ningún caso. El mar y los cuatro kilómetros de playa de arena fina y blanca se habían convertido en un desierto sin dunas, un paraje desolado que no tenía fin.

Aparcó el coche en el primer lugar que encontró y recorrieron a pie los últimos doscientos metros de carretera. Andaban pero estaban paralizados, donde antes había una playa alegre ahora veían un páramo limpio, ni rastro de personas ni de los cachivaches que amontonan al invadir el arenal.

—¿Qué es lo que está pasando? —preguntó Clara.

Germán no supo qué contestar, no podía hablar.

Grupos de personas estaban reunidas en la única terraza del paseo marítimo, nadie se atrevía a pisar la arena. Sobre sus rostros desconcertados y asustados se deslizaban murmullos. Pasaron entre ellos hasta que encontraron a sus amigos.

—¿Qué es lo que ha pasado? —les preguntó Germán.

—Que el mar ha desaparecido —le contestaron.

—Eso ya lo sé —les dijo—. ¿Pero cuándo ha sido, alguien sabe cómo ha ocurrido? —volvió a preguntar.

—Nadie sabe nada, solo lo que estás viendo —le respondieron.

Todo el mundo intentaba hacer conjeturas, pero se quedaban en un intento. Un susurro inquietante empezó a envolver el ambiente, alguien dijo que podía ser el preámbulo de un tsunami. Miedo, nervios, gritos, carreras, conductores atrapados en sus coches, ruidos de claxon, una explosión de histeria colectiva.

Solo Germán, Clara y unos pocos amigos se atrevieron a quedarse.

Protegidos debajo de unas sombrillas, seguían mirando desconcertados sin ser capaces de reaccionar.

—¿Habéis llamado a alguien? —preguntó Clara.

Sus miradas se cruzaron, nadie había realizado ninguna llamada. Tampoco sabían a quién.

Ojearon sus móviles, ninguna noticia aparecía en los periódicos y en las redes sociales todo estaba tranquilo.

Fue Germán el que hizo la primera llamada, a la policía. Después de unos minutos de conversación la desesperación recorrió todo su cuerpo. Le miraron impacientes.

—La policía me ha dicho que han recibido varias llamas con la misma historia, que se han acercado a la playa y que han visto que no ocurría nada. Que tienen mi teléfono y tomarán medidas contra todos los bromistas.

La sorpresa se convirtió en preocupación. No era posible lo que estaba ocurriendo. Todos comenzaron a llamar por el móvil, Clara contaba lo que ocurría en Twitter y Facebook.

Jesús, inquieto, miraba su teléfono con ansiedad.

—Mi mujer me dice que está en la playa y que no ocurre nada, ¡me dice que si estoy bebiendo!

—¡Estará en otra playa! —gritaron todos a la vez.

—Que no, coño, que me ha dicho que en esta —replico Jesús sin parar de moverse.

—¡Pero dónde mierda está! —le volvieron a gritar.

—O dónde mierda estamos nosotros —dijo Germán.

Clara miraba tranquila hacia el solitario desierto, le preocupaba que aquel día no fuera posible darse un baño. De la playa solo quedaba la Percebelleira, aquella roca imponente que antes surgía en el medio del mar. Ahora del mar de arena.

—¡Mirad, mirad! —gritó señalando a la Percebelleira

Se acercaron y vieron lo que Clara estaba señalando. Por detrás de la peña surgió una figura, extraña y reconocible. Traje y botas negras, camisa blanca abotonada hasta el cuello, boina y bastón. Era John el irlandés, aquel individuo que todos identificaban pero que ninguno conocía. Llevaba muchos años viviendo en una casa cerca de la Laguna, un aislado refugio de animales salvajes. Nadie hablaba con él, solo sabían que vivía allí, desde siempre. No conocían su origen, estaban seguros que no era irlandés y que su nombre original no era John. Le llamaban así por su afición a los chupitos de whisky.

John se fue acercando hacia ellos, era la primera vez que lo hacía. Los miró, se sentó a la sombra y con su boina se restregó la cara secándose el sudor que le caía por la frente.

—Buenos días, parece que alguien se ha llevado algo —les dijo.

Nunca habían oído su voz, ni lo habían tenido tan cerca.

—¿Qué hacía usted detrás de la Percebelleira? ¿Sabe usted lo que ha pasado? —le preguntó Germán.

—Estuve paseando para ver si encontraba alguna explicación, detrás de la roca vi una especie de sumidero y pensé que por allí se había ido el mar, pero creo que se han ido más cosas.

—¿Qué otras cosas se han ido? — peguntó Clara.

—Creo que nosotros también.

—¿Pero a dónde nos hemos ido? —preguntó Jesús.

—A ningún sitio, seguimos estando aquí —dijo John mirándole fijamente a la cara.

La mirada de Clara se cruzó con la de su padre. «¿Cuándo podré darme un baño?», parecía preguntarle.


* Reloj de arena es uno de los cuentos cortos que Pedro Sande recoge en 150 palabras.

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