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El espectacular robo de la calle Sierpes sirvió para que se atendiesen las demandas de los policías, cuyo número era ya entonces demasiado bajo

El robo de la joyería de Don Pedro se produjo en la calle Sierpes de Sevilla
El robo de la joyería de Don Pedro se produjo en la calle Sierpes de Sevilla

Don Pedro García regentaba una joyería en Sevilla a comienzos del siglo XX. Además de por el bullicio de paseantes que la recorría de cabo a rabo, la calle de Sierpes era conocida por las alhajas del joyero. Entonces Sevilla centelleaba lo mismo que ahora y coloreaba la personalidad de sus habitantes con igual ahínco. De ahí que, por costumbre y solidaridad, no pudiese dejar de amparar también las tretas de sus ladrones, que por aquella época se contaban a pares.

30.000 duros de los de antes

El 13 de marzo de 1916, don Pedro echó el cerrojo de la joyería y salió a caminar dejando las tareas de vigilancia para su sobrino Francisco. Se ve que por genética, el chico también sintió la llamada del aire libre, pero esta vez del que se tambaleaba suspendido sobre las añejas barricas con olor a uva, que son las que, dicen, conservan la chispa.

Solo fue un momento. Francisco salió a tomar una rápida en la taberna de La Campanilla, que estaba situada «a menos de diez metros del establecimiento» como se leía en La Correspondencia de España. Solo cinco minutos, malo sería que, a su vuelta, algo hubiese cambiado. Pero el chico olvidó que, a veces, la determinación es mayor en el vecino, así es que cuando volvió de su respiro, y para su sopor, vio que el escaparate estaba vacío del todo. Ni una mísera joya habían dejado los ladrones. Ahí dio comienzo el tronar de las voces y los gritos de ayuda desesperada.

En total, el botín que se llevaron de la joyería ascendía a unas 150.000 pesetas, 30.000 duros, repartidas como sigue: «63 sortijas de oro con brillantes y otras piedras preciosas, 24 relojes de oro, varios de ellos con brillantes valiosísimos; 35 pares de pendientes de oro con pedrería, 40 alfileres de corbata, de oro; 14 pulseras de oro con brillantes, tres aderezos, dos pendentifs del mismo metal y otros objetos del mismo valor».

Para unos, que la registradora —o lo que fuese— hubiese quedado intacta se debía únicamente a las prisas de los ladrones; para otros, el dinero habría quedado en su sitio porque los cacos tenían como principal objetivo cargar solamente con las joyas.

El caso ocupó las páginas de los principales diarios del país durante no pocos días. Era un suceso extraño por morbo e inusual por estima. Nadie acertaba a explicarse cómo los ladrones habían pasado desapercibidos para todo el gentío de Sierpes, incluidos los dueños del quiosco plantado frente a la joyería. Decía La Acción que «se comenta la audacia de éstos —los ladrones—, que resulta inconcebible, dado que a la hora en que se cometió el robo la calle de Sierpes se halla congestionada de gente, y en sitio próximo, en la calle de la Campana, hay constantemente fuerzas de Seguridad prestando servicio».

Con el tiempo, y avisando por telégrafo a todos los puestos de la Guardia Civil para evitar que los cacos escapasen de Sevilla, la Policía interrogó a un niño que vivía en el mismo edificio y que aseguró haber visto entre el jolgorio de Piñata a una mujer «disfrazada con un ropaje negro» y a «dos enmascarados con dóminos negros que salían de la casa ocultando un cofrecillo». Y hasta aquí se llegó aquel marzo de 1916.

A lo novelesco, así fue el robo en la joyería de don Pedro, un golpe exquisitamente planeado que dejó a la Policía con las vergüenzas a simple vista. La profesión de amigo de lo ajeno se renovaba en Sevilla. Nada de pichones, enaguas tendidas o sueldos obreros miserables, sino que la granujería pateaba la ciudad a sus anchas mientras los sevillanos padecían de falta de paciencia. Pero como nada dura una eternidad, Sevilla se calentó soberanamente cuando un ladrón se vino arriba y metió la mano en «el sagrado bolsillo» de Rodríguez de la Borbolla, exministro de Gracia y Justicia.

¿Mucha policía?, poca diversión

Como cuenta la historia, las quejas por falta de personal que hoy ponen sobre la mesa los funcionarios de las FCSE en España vienen ya desde lejos. A raíz del robo de don Pedro, El Liberal, por ejemplo, dejaba caer que

«el público no sabe si asombrarse más de la audacia de sus ladrones o del desamparo en que se halla Sevilla en lo que a servicio de policía se refiere».

Aunque no tienen mucho que ver con las de 2017, ese rifirrafe moral que se tenía en Andalucía con la autoridad se fundamentaba entonces en algunos sucesos poco honrosos que se estilaban en 1916.

Por las mismas fechas en las que se investigaba el robo de don Pedro —que a estas alturas ofrecía 1.000 duros a quien diese con sus anillos y demás—, fueron detenidos dos guardias de seguridad que trabajaban a la par con alguno de los carteristas iluminado que mencionábamos líneas arriba.

Ante la gravedad del asunto, hasta Sevilla se había trasladado el coronel de Seguridad para interrogar a los supuestos desleales. Sin embargo, y aun asumiendo a socapa su implicación, al final estos dieron la vuelta a la tortilla para asegurar que las víctimas eran ellos y solamente ellos, pues habían sido engañados por un tal Emilio, quien, por prenda, les había dejado algunos objetos robados a cambio de volver al día siguiente a completar un chivatazo.

Y nada más. A seguir con la línea histórica de la prensa del momento, parece ser que los dos guardias fueron destituidos y/o trasladados a otro destino.

Pero algo consiguieron los 30.000 duros robados. El señor Busto, que así se llamaba el coronel, se mostró apesadumbrado con la poca diligencia de los dos guardias, así que se volvió para Madrid como un alma en pena pero con la determinación de dar un lavado de cara a la Policía. El Heraldo de Madrid, a 19 de marzo, recogía las amarguras profesionales del mando:

«Lleva malas impresiones respecto de la organización de la Policía en Sevilla, comprobando que en las oficinas de vigilancia existe un gran desorden, dándose el caso de que en los tres días que llevaba el coronel hospedado en un hotel aun no tuvieron noticia de su llegada. Será probable que, con motivo de esta visita de inspección, se renueve el alto personal policíaco y se aumente el número de agentes».

Eso sí, más de un año y pico se tardó en dar con los ladrones de Sierpes. El laberinto comenzó primero con la detención de Manuela Nieves por su participación en el robo. En segundo lugar fue un mal de amores lo que hizo que una mujer denunciase a su amante como uno de los responsables de la ratería diamantina. Después, dos hombres más fueron también apresados, y, finalmente, Informaciones de Provincias publicaba el 3 de diciembre de 1917 cómo Estepona era testigo de la captura por la Guardia Civil de un tal Ángel García, quien se empleó en acusar de cabecilla a Enrique Fuentes, su compadre madrileño que tenía «tienda de ropas en la Ronda de Toledo».

4.000 duros en alhajas fue lo que se recuperó en aquel diciembre de 1917. Eso quedaba lejos, y mucho, de los 30.000 que don Pedro contaba en las joyas de su escaparate. Ese fue el sacrificio que se tuvo que hacer para que un coronel se desilusionase en beneficio de todos.

 

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