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Todas las tetas tienen dueña, así que piensa muy bien qué hacer con la imagen de ese par que te han enviado al móvil

El «sexting» puede ser punitivo desde el punto de vista de la producción, posesión y distribución de pornografía infantil | PowNed
El «sexting» puede ser punitivo desde el punto de vista de la producción, posesión y distribución de pornografía infantil | PowNed

Sextorsión, chantaje y coacción son conceptos que van íntimamente unidos. Este trío forma un lazo laberíntico cuyo desasir requiere la ayuda de alguien más, y en el que el nudo es el sexo forzado y los raberos el miedo y la amenaza.

Como suele ocurrir, el avance de la sociedad requiere nuevos campos de exploración. El sexo, indiscutible pieza fundamental de la historia, se ha adaptado con gusto y necesidad a ese devenir terrestre en el que las nuevas tecnologías se han llevado todo por delante. En este marco de evolución erótico-informática se encuadra el sexting, que podríamos definir como el envío de imágenes o vídeos de contenido sexual explícito, normalmente a través del móvil o de webcam. Que cada cual haga lo que le venga en gana para satisfacer sus instintos es una afirmación que en este terreno ha de ir muy bien agarrada a la lógica, es decir, hay que llevar el realismo entre ceja y ceja para no olvidar que quien hoy duerme contigo, mañana puede hacerlo con otra persona, y viceversa. .

No en todos los finales se comen perdices

Desde algunas webs se viene realizando una campaña de prevención que alerta de los peligros derivados de esta práctica sexual. Hay que «pensar antes de sextear», dicen, y añaden «10 razones para no realizar sexting», todas ellas muy sensatas, sobre todo teniendo en cuenta que un alto porcentaje de las personas sometidas a sextorsión es menor de edad, y que, en muchas ocasiones, este hábito raya la pedofilia:

«Existen consecuencias negativas de esta práctica que en su mayoría impactan a niñas y adolescentes, quienes son victimizadas por otras personas, mayormente hombres».

Muchos se acordarán de Amanda Todd, la pequeña canadiense que se quitó la vida después de pasar cuatro de sus 15 años soportando la violencia enmascarada de su agresor y la presión insoportable de su ambiente. Por Internet se viaja sin frenos.

En el momento en el que una foto o un vídeo pisan la red, el propietario deja de tener control sobre las mismas. Su imagen ha salido de sus manos para terminar en las de cientos, miles, millones de personas. Esto se traduce en lo siguiente: a la presión de quien ordena pornografía y chantajea sexo se une la desazón familiar, la vergüenza y declive personal, y la falta absoluta de compasión del entorno, algo que se multiplica si la víctima es un adolescente:

«Un sextorsionador que difunde la imagen de su víctima desnuda o realizando actos sexuales la expone a acoso sexual por otras personas, a ciberbullying y otras consecuencias psicosociales en el entorno de la víctima, afectándola por lo general no sólo a ella, sino también a sus seres queridos, pareja, etc».

Da igual de donde hayan salido las tetas

Como delito, el sexting puede ser punitivo desde el punto de vista de la producción, posesión y distribución de pornografía infantil. Sin agravantes, las leyes españolas castigan con entre uno y cinco años de prisión a todo aquel que produzca, posea o distribuya material sexual de un menor o de los órganos sexuales de un menor, sea o lo parezca. Además, la condena pasa de cinco a nueve años cuando lo expuesto anteriormente comprometa a niños menores de 16 en situaciones vejatorias y violentas, entre otras.

Es decir, si te han enviado las tetas de una niña pequeña, y tú, muy festivamente, te mofas, se las pasas a tus colegas, las dejas bien guardaditas en tu móvil y, oh destino, se entera la Guardia Civil, puedes acabar rogando una lima con un traje de rayas en el presidio más cercano a tu ciudad. Da igual de donde hayan salido las tetas.

Por su parte, coaccionar a una persona a través de la red puede acarrear delitos de chantaje, daños al honor, amenazas o explotación sexual, algo que es habitual en los casos de grooming donde un adulto se gana la simpatía de un niño con intención de obtener un beneficio sexual. Se dice que es el paso previo al abuso.

Así es que con el titular que El Mundo publicaba hace unos días —«uno de cada tres niños entre 12 y 14 años practica sexting y recibe contenido sexual en su móvil»— se debería prender la alarma social. Lo grave del asunto no es que un chaval no sea consciente de hasta donde puede llevarle la extorsión sexual, ni que nos pensemos maravillosamente protegidos por un escudo universal que deja las desgracias en casa del vecino. Apurando, lo que pone o debería poner los pelos de punta es la normalización del sexting como parte integrante del cortejo amatorio entre adolescentes. Te enseño mis tetas o mi pene, y, si eso, ya nos conoceremos más tarde.

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