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Una idea que dio vueltas a mí alrededor durante mucho tiempo. Cuando me puse a escribirlo todo fue rápido, no tuve excusas, no me despisté. Los personajes, el lugar y la propia historia son fruto de la imaginación. Solo hay algo real, la ilusión.

Siempre será una ilusión

Si la vida se pudiera pintar, la de Harold Roslei solo tendría un color, el gris. Nació en Crowford, un pequeño pueblo en el centro del país. Por Crowford no pasa el tren, no hay estación de autobuses y mucho menos aeropuerto. Harold y los pocos que se quedan a vivir en Crowford tienen una existencia plana, sin curvas y sin acantilados. El tiempo se mide por la noche y el día. Las estaciones son iguales, lo más común es el sol abrasador y las escasas lluvias en una tierra estéril. Los ciudadanos de Crowford se relacionan los domingos cuando asisten al sermón; si el tiempo lo permite, organizan una comida en la pradera que rodea la iglesia.

En Crowford los habitantes no se identifican por sus actividades, casi todos son granjeros o funcionarios. Por lo que realmente se los reconoce es por las ilusiones que perduran a lo largo de sus vidas. Casi todas ellas están relacionadas con conocer algún lugar que han visto en la televisión o han leído en las escasas revistas que llegan al pueblo. Los poco atrevidos tienen sueños cobardes: visitar lugares cercanos, lugares que no los inquieten. Los intrépidos y osados quieren conocer países exóticos y lejanos: India, las islas del Caribe, España, México, Australia… Lo más común es el deseo de ver el mar. Los que pudieron cumplir su sueño nunca volvieron, seguramente porque no podrían seguir viviendo en Crowford sin tener una ilusión.

La ilusión de Harold y su mujer Loyce era sentir el mar. Sus vecinos los miraban extrañados, no entendían aquella manía de «sentir el mar», lo normal era ver el mar.

Desde que se conocieron, el señor y la señora Roslei estuvieron ahorrando para el día que Harold se jubilara. Aunque su sueldo como responsable de la oficina de correos era modesto, sus gastos eran mínimos. Una vida austera como su pueblo: no tenían familia a la que hacer regalos, la señora Roslei compraba las telas con las que se hacía sus propios vestidos, y Harold tenía dos trajes que usaba todo el año y unos zapatos que solo cambiaba cuando se le rompían. En Crowford no había donde gastar el dinero, y Harold y su mujer rara vez frecuentaban los bares del pueblo.

Llegó el momento de la jubilación y el señor y la señora Roslei empezaron a estudiar el lugar al que irían. Como en los últimos tiempos la salud de la señora Roslei había empeorado, buscaban un sitio que les permitiera volver rápidamente a Crowford. Se decidieron por la costa este del país, ya que además podrían hacer el viaje sin tener que tomar un avión, algo demasiado atrevido para ellos.

Las semanas fueron pasando entre los preparativos del viaje y las visitas al hospital. Cinco días antes del inicio, el doctor les sugirió que la señora Roslei debería ser ingresada. Lo que en principio iban a ser unos pocos días se convirtió en semanas. Harold solo podía pensar en que aquello era un retraso de su viaje. Su mujer no era tan optimista y le hizo prometer que aunque fuese solo tenía que cumplir el sueño de ambos: ir a sentir el mar. A los pocos días de hacer aquella promesa la mujer de Harold falleció.

Con lo único que Harold se agarró a la vida fue con la promesa que le hizo a su mujer. Durante el tiempo que duró el luto, Harold pidió que le enviaran revistas con información y analizó las diferentes posibilidades de alojamiento. Finalmente se decidió por un pequeño hotel, reservó por teléfono una habitación, siete días le parecían suficientes, pero confirmó que no habría problema si quisiera estar más tiempo. Tampoco tenía problemas de dinero, había ahorrado el doble de lo que ahora necesitaba.

Lo que más preocupaba a Harold era la vuelta, con su mujer había planeado pasar el resto de sus vidas tranquilamente en casa, dedicar su tiempo a sus aficiones, a Harold le gustaba la carpintería y su mujer era una experta modista. Harold tenía miedo a la soledad, pero sabía que era su destino, decidió no pensar en ello al regresar del viaje. El último domingo antes de su partida, sus vecinos le dieron una fiesta de despedida, como si fuese la última vez que le fueran a ver. Harold les insistió en que regresaría, pero ellos sabían que nunca más volverían a verlo.

El viaje fue largo, un vecino le llevó hasta la ciudad donde tenía que coger el tren. Desde la estación llamó al hotel para informarles de que llegaría tarde, antes iría a sentir el mar.

Subió al tren con una pequeña maleta tan discreta como su vida, se sentó y reclinó levemente el respaldo de su asiento. Pensó en aquel lugar que tantas veces había imaginado con su esposa. Lo había visto descrito en algunas revistas, también en la televisión. En ambos casos sabía que solo era una imagen sin emociones. Su ritmo cardíaco se fue acelerando con la misma regularidad con la que la velocidad del tren se incrementaba.

El paisaje se deshacía rápidamente, no se podía ver. Cerró los ojos, su imaginación le trajo las imágenes, los sonidos y los olores con los que siempre había soñado.

Al llegar al destino sintió que se encontraba demasiado tranquilo, se bajó del tren y volvió a informarse del camino para ir a la playa y luego al hotel. La luna, que no era ni un cuarto, proyectaba una luz oscura. Invisible a ratos por las amenazantes masas de agua negra. Se ayudó de una pequeña linterna para seguir el camino, un camino que iba intensificando aquel olor que tanto había imaginado. Se subió sobre un promontorio de dunas, el olor se convirtió en algo sólido, se pegaba en su rostro y se metía en los poros de su piel. Era imposible describirlo, simplemente olía a mar. Se quitó los zapatos y recogió sus pantalones hasta la altura de las rodillas, la arena estaba tibia y sintió cómo le producía cosquilleos entre los dedos de los pies. Se fue acercando a la orilla, aún no podía ver el mar, pero sí sentirlo, era el objetivo de su viaje. No le hacía falta cerrar los ojos para oír la armonía con que el agua se balanceaba.

La linterna iluminaba la orilla; a lo lejos, casi en el infinito, la luna dejaba un suave reflejo sobre el mar. Recogió agua con sus manos, se froto la cara y con los ojos cerrados respiro profundamente.

Volvió sobre sus pasos sin perder la vista del mar, se tumbó en la arena y dejó de ver, era como lo había soñado, fácil de imaginar pero casi imposible de describir. Cerró los ojos y en la oscuridad solo sintió.

El tren llego a su destino, solo un pasajero se quedó en su asiento. El revisor llamo a emergencias, los médicos al llegar no pudieron hacer nada. Certificaron muerte por parada cardíaca. El pasajero se encontraba con los ojos cerrados sobre el asiento reclinado, mostraba una mueca de felicidad. Se extrañaron de que estuviese descalzo y con los pantalones recogidos hasta las rodillas.

"150 palabras"

*Cuento incluido en el libro ‘‘150 palabras’’, de Pedro Sande. Disponible para su compra en letrasdeautor.com, Amazon y Casadellibro.

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