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Le prometió a Marina que cerraría un poco antes el bar y a la hora de la cena estaría en la casa.


Sorpresa de cumpleaños

—Sí –dijo Fran en el teléfono– ya sé lo que tengo que hacer, no lo olvido.

—El regalo por la noche –le replicó ella pícaramente.

¡Cómo olvidar que cumplía cuarenta años! Una edad de tránsito, una edad en la que ya te planteas cuestiones existenciales que antes ni siquiera se te pasaban por la cabeza. Los cuarenta y la madurez, esa que siempre había creído tan lejos ya estaban allí con su historia, con todo lo bueno y lo malo, con los aciertos y los desatinos de tiempo atrás. Pero ahora está satisfecho, Marina ha entrado en su vida, está a su lado, se ha convertido en su motor y en su reposo. Con ella no tiene miedo de nada.

La conoció cinco años atrás, precisamente el día de treinta y cinco cumpleaños y salió de copas con los amigos. Le gustó a primera vista, pero más  cuando conversó con ella. Su rostro, sus gestos y su tono de voz eran amables, invitaban a la confidencialidad. Sabía escuchar mirando con esos, sus ojos soñadores.

Ese día sus amigos le vieron feliz por primera vez desde hacía tiempo

Todo empezó  cuando la gestoría donde Fran trabajaba cerró y pasaron los meses y no encontraba trabajo. Tenía muchos gastos y pocos ingresos y estaba consumiendo el poco dinero que había podido ahorrar. Fueron sus padres los que le animaron a coger el traspaso del bar, ellos lo avalaron en el banco,  lo ayudaron en las reformas y en eso estaba, endeudado y sin demasiada experiencia en ese  sector, pero su padre ya jubilado, le echaba una mano de vez en cuando.

Marina aquella noche le hizo reír y le contagió su optimismo, su jovialidad, su entusiasmo, por un momento olvidó todos sus problemas.

—Todo tiene arreglo, no te agobies. Vaya…eres tan guapo cuando sonríes… –le decía Marina, su chica–, porque supo enseguida que ella iba a ser su verdadera, su definitiva mujer.

Los dos han tenido relaciones anteriores. Marina tiene una niña de cinco años y Fran un chico de catorce. La pequeña vive con ellos y su hijo con su madre, aunque los visita a menudo, pues están en el mismo barrio, en su barrio de siempre.

El bar que Fran regenta se ha hecho popular desde que Marina se ocupa de la cocina, para ellos así es mejor porque viven en el piso de arriba.

Suena el teléfono, es Marina otra vez

—¿Qué quieres ahora? –pregunta.

—Sube vino, me he olvidado de comprarlo.

—Está bien –dice y cuelga de inmediato–

Mientras espera que salga el último cliente, que apura su bebida acodado en la barra, se dirige al servicio y lo encuentra cerrado, golpea a la puerta y alguien le responde con un simple: “ocupado”, cuando regresa al bar  comprueba que el cliente ya se ha ido.

En el momento en que se dirige a la trastienda para coger el vino, ve a un hombre que se cuela en el establecimiento.

—Señor – dice– está cerrado, no puede entrar.

El hombre se echa la mano atrás y saca una pistola.

—¡Quiero el dinero y me voy enseguida!

Fran queda paralizado, duda unos segundos que el hombre aprovecha para decir en tono imperioso:

—¡Dame el dinero o te pego un tiro!

—Tranquilo…  – le responde– ahora mismo te lo doy.

Fran da la vuelta al mostrador y se dirige a la caja. En ese momento se abre la puerta del servicio, pero Fran no la ve desde donde está. El atracador se asusta, gira y dispara.  Fran se lanza sobre el hombre, derribándolo y con el golpe el atracador pierde la pistola que resbala debajo de las mesas, pero logra zafar de Fran y huye.

Fran aún no ha podido ver a quien ha disparado el ladrón, pero de inmediato ve a su hijo Mario tendido en el suelo. No entiende nada. Se acerca al niño y lo abraza gritando.

—¿Qué haces tú aquí Mario?

Comprueba que respira y con desesperación sale a la calle con el niño en los brazos, grita…grita hasta quedarse sin aliento.

Marina que ha oído el disparo desde la casa, ha bajado a toda prisa. Algunos vecinos acuden también…suenan las sirenas…

Marina dice sollozando:

—Yo lo invité a cenar con nosotros para sorprenderte.

Unos minutos después ya camino al hospital, el niño abre los ojos y dice:

— Felicidades papá… ¿Dónde estamos?…¿Qué me ha pasado?

Autora: Lola Maicas                                                                    

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