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Pero no las únicas que mataban despacio, como el viento que va pasando. Torturas fuera de toda razón y sentido común

Desmembramiento del cuerpo por caballos
Desmembramiento del cuerpo por caballos

Es cuestión de tormentos, de dar o quitar merecidos y de corregir lo que en la altura se considera la perfecta rectitud. Y en nombre de quien sea, lo mismo da. La rueda, el potro, el burro español; los zapatos castigadores o el ataúd de pinchos. Hay en la Historia cientos de torturas que ponen los pelos de punta. Tanto como las escusas que se daban desde el otro lado para aplicarlas.

Como es misión imposible el medir el dolor sin ponerse en el pellejo del pobre miserable al que fueron dadas, hemos elegido las cinco más escalofriantes. Lo dicho, es cuestión de tormentos.

La sierra

Boca abajo y atado por los tobillos para que el oxígeno mantuviese clara su consciencia, el condenado era cortado en dos con una sierra poco afilada desde la zona genital hasta el ombligo, donde quedaba también su conocimiento. Se daba sierra a los hombres, a menudo homosexuales, y también a las mujeres, a menudo brujas.

Toro de Falaris

Por Falaris, su creador, un tirano siciliano que practicaba el canibalismo infantil allá por el 540 a.C. El castigo consistía en eso, en una estatua de bronce con forma de toro que se convertía en la última visión del ajusticiado. Ahí se introducía o introducían después de que el toro se pusiese sobre una hoguera candente, y ahí se cocía a medida que la temperatura aumentaba.

El toro era un horno en toda regla, y mugía, porque se fabricó con la boca abierta para que por ella saliesen los gritos de los desafortunados que eran ejecutados en sus entrañas. Por cierto que se cuenta que su diseñador, Perilo, murió probando su propia medicina. También San Eustaquio, pero este, por santo, no se quemó ni un solo pelo.

Tortura de la rata

Aunque la rata es considerada como símbolo de buena suerte según la astrología china, no hacía honor a su definición en la Antigüedad. Y es que la tortura que lleva su nombre era uno de los peores tormentos posibles. Consistía en encerrar a un roedor en una jaula sin base que se colocaba sobre el abdomen del desdichado. Para que se asustase, se azuzaba al animal con palos ardientes. Entonces la rata, desesperada, buscaba una salida escarbando sobre el condenado, que también se desesperaba hasta que la veía salir por el otro lado de su cuerpo.

El destripador de senos

Al rojo vivo. Así se colocaba el destripador en los pechos de la mujer pecadora. Después, un tirón desgarraba sus senos, que salían en forma de pedazos de carne. La víctima, desangrada y desfigurada, no tenía opción de enmendar su acción, y tampoco de pedir clemencia.

El aplastacabezas

Con un casco por arriba y con un tope en la barbilla. Quieto, muy quieto. De esa forma se veía el ajusticiado antes de que el verdugo comenzase a ejercer presión hacia abajo. Sin dientes, con la mandíbula destrozada, con los ojos fuera de las cuencas y con el cerebro derramándose por los oídos es como quedaba el castigado cuando la tortura llegaba a su fin.

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