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Pucón, Región de la Araucanía, Chile. Son las 07:30 de la mañana del domingo, 14 de enero de 2018, y ahí estoy yo, en la salida del Ironman 70.3.

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años
Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

Dicen que, con el simple hecho de estar en la línea de salida, eso ya es un éxito, por todo lo que conlleva, pero falta rematar el trabajo ¿o no? Bueno, como sea, quisiera compartir esta experiencia con posibles futuros competidores o simplemente con curiosos.

 

¿De qué va el Ironman?

Todo esto del Ironman y del triatlón surgió en Hawái en 1978 (este año se conmemora el 40 aniversario), cuando un comandante de la marina estadounidense, de nombre John Collins, propuso juntar tres pruebas ya existentes, con objeto de saber qué atletas eran mejores. De esa manera, juntaron la Wakiki Roughwater Swim, de natación (4 km), la Araund-Oahu Bike Race, de ciclismo (180 km) y el Marathon of Honolulu (42 km 195 m). El ganador sería considerado el Ironman (Hombre de Hierro).

Décadas después, Ironman se ha convertido en una franquicia a nivel mundial y este tipo de pruebas se celebran en los 5 continentes.

He de aclarar que el el apellido “70.3” se refiere a las millas que uno recorre. Entonces, Ironman a secas, se refiere a la prueba completa, como la originaria de Hawái, y Ironman 70.3, como el que he corrido yo, se refiere a la media distancia, esto es, 1.900 mts. Nadando, 90 km de bici y 21 km corriendo. Era una forma de hacer más “humana” esta prueba, puesto que la otra necesita un nivel de dedicación realmente de otro planeta.

El caso es que, aunque sea la distancia media, igual intimida.

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

Mi historia

Hace tres años y medio, cuando me mude a la casa en la que vivimos ahora, descubrí un tranquilo sendero al lado del río Mapocho que, además poder recorrerse a pie, es también carril bici, o ciclovía, como se dice por aquí.

Resulta que empecé a correr por ahí y también a salir en bici (una mountain bike), y un día se me encendió la bombilla…¿y qué tal si también nado?

Yo sabía muy poco sobre el triatlón, pero pronto empecé a informarme y a ver de que iba todo esto. Tan pronto cómo un mes y medio después, en septiembre de ese año, aprovechando una visita a Madrid, competí en un duatlón (yo creo que todos empezamos por ahí, para probar cómo va la cosa) que, al prescindir el elemento acuático, hace que todo sea más fácil.

Ese día, me encontré a un antiguo vecino mío de Collado Mediano quien, además, había ganado la prueba a nivel absoluto, y no pudo ser más premonitorio: “Ten cuidado, que esto engancha mucho”. Parece que tenía toda la razón. Varios duatlones y triatlones de distancias más cortas y este año decidí pegar el salto.

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

El entrenamiento

Si tuviera que resumir con dos palabras el entrenamiento necesario para afrontar esta prueba, lo haría con estas: soledad y esfuerzo. A ver, si eres de los que utilizas el deporte cómo medio sociabilización, no estoy seguro de que este sea tu deporte. Quizás, siempre te puedes apuntar a un club y ahí sí que estarás acompañado y arropado por los compañeros, pero yo, en mi caso, decidí entrenar solo por una simple cuestión práctica, que no es otra que la de no estar sujeto a horarios. Siempre digo que soy un disciplinado despelotado, esto es, que salgo todos los días a entrenar, pero no me pongas condicionantes de hora, porque saldré cuando mejor me cuadre.

Resulta que yo soy técnico deportivo…¡pero en esquí alpino! Con lo cual puedo tener los conocimientos acerca de lo que supone un ciclo de entrenamiento, pero no necesariamente en este deporte en concreto. Lo que hice fue buscar un plan de entrenamiento que fuera asequible (no solo se trata de tolerarlo, si no también de asimilarlo) e intentar cumplirlo lo más posible.

El plan constaba de 4 meses, aunque obviamente requiere de una base previa, era progresivo y en su momento culmen había que dedicarle entre 14 y 15 horas semanales. Ya, ya sé lo que estás pensando: ¿De donde narices saco 14 o 15 horas a la semana para entrenar? Pues no te puedo responder exactamente, porque cada persona es un mundo, pero si te puedo decir de donde las sacaba yo. Los fines de semana toca madrugar a las 6 de la mañana y salir a hacer kilómetros. De esas horas, más de la mitad me las hacía los sábados y domingos con largas salidas en bici seguidas de entrenamientos de correr. Se trata de poner al cuerpo en las condiciones más parecidas a lo que luego será la competición.

También fui muchos sábados a entrenar natación en una laguna a esas tempranas horas de la mañana, y esto tiene mucha importancia, porque no es lo mismo nadar cómodamente en una piscina, donde las condiciones del agua son óptimas, que hacerlo en aguas abiertas, donde la visibilidad, la orientación, la corriente u otros factores influyen bastante.

El resumen en cifras de estos últimos 4 meses es este:

NATACIÓN: 62.350 mts.
BICICLETA: 1.477 km. (muchos de ellos hechos con mountain bike)
CORRER: 509 km (metiéndole muchas subidas, luego veréis por qué)

 

La competición

Uno puede llegar a considerarse muy especial por estar haciendo esta prueba, pero el caso es que esa mañana estábamos allí unos 1.500 competidores de los 1.800 inscritos originariamente (Ironman tiene políticas muy estrictas en cuanto a la cancelación o el traspase de la inscripción, con lo cual, si te inscribes, más vale que puedas ir, porque si no, perderás el dinero).

El caso es que así empezaba la mañana…

 

El lago Villarrica

La organización decidió que después de la salida de los profesionales hombres y mujeres que se hacía a las 7:45, los primeros que saliésemos fuéramos los de la categoría de 40 a 44 años de edad. Parece que la experiencia a nivel mundial de los organizadores de los Ironman, les arroja la cifra de que somos los de esa edad los que más rápidos vamos en la natación. Un privilegio salir tan pronto, porque así no te pones más nervioso por la espera, pero también tiene su inconvenientes, que luego contaré.

Se ha optado por dar una salida escalonada y cada dos segundos, salen dos competidores. Lo cierto es que me gustó mucho esta forma de hacerlo, ya que te ahorras la habitual paliza de codazos, puñetazos y patadas que te llevas en el agua en las salidas masivas de los triatlones y que no te suele dejar pillar el ritmo hasta pasados unos cientos de metros.

Como suele ser habitual en mí, opté por abrirme en el recorrido y salir de la estela de los otros nadadores, pero partí con algo de ansiedad y preocupación por la mala experiencia que tuve el día anterior entrenando en el mismo lago, cuando al volver hacia la orilla, me pilló un más incómodo oleaje provocado por un viento que venía de tierra y que me hizo tragar bastante agua y agotarme más de la cuenta.

El agua rondaba los 17 grados, según dijo la organización y, tras ir pasando los metros y comprobar que las condiciones no eran las mismas que el día anterior, mi nivel de ansiedad fue bajando, aunque sí parece que ese condicionante afectó a mi rendimiento, porque salí reservando fuerzas para las posibles condiciones adversas y resulta que eso se tradujo en 4 minutos más de los que yo tenía pensados.

Justo cuando planté el pie derecho en el lecho del lago para salir ya a la orilla, me dio un calambre grande en el gemelo derecho, que por suerte, pude bajar a los pocos segundos dándome un masaje con la mano aún dentro del agua.

Al salir corriendo por la alfombra, no pude bajarme el traje de neopreno hasta la cintura, así que tuve que hacer esos metros embutido, pero una grandísima ayuda son los denominados stripers, que no son otra cosa que unos chavales contratados por la organización para ayudarte a quitarte el traje ¡Todo un lujo! Muy efectivos porque cuando llegué a su zona, me engancharon entre dos, y no tardaron ni 10 segundos en sacarme el traje.

Otro gran lujo es poder equiparte sentado en sillas. Un sistema de percheros con bolsas preparadas con tus cosas, que previamente tú mismo has dejado ahí, hace que llegues a unas sillas, te sientes cómodamente y te puedas calzar (yo no dejo las zapatillas de la bici puestas en los pedales) y poner el casco antes de ir a tomar la bici. Eso sí, te insisten mucho en que dejes traje, gorro y gafas de natación dentro de la bolsa, por tu bien (no perder tus cosas) y por el de los demás competidores, más que nada por su seguridad, para que no tropiecen con objetos caídos.

Así termina el primer segmento de la competición, y viene el otro…

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

La bicicleta y ¡la madre que la parió!

A ver, por norma general, suele ser en la bici donde más tiempo vas a pasar, eso, unido a que yo soy más bien malo pedaleando, hace que este segmento sea para mí, normalmente, algo para trabajar más la fuerza mental que otra cosa.

Al haber salido de los primeros, tuve que ver como, repetidamente, me adelantaban verdaderos spuniks con sus carísimas bicis con ruedas lenticulares, cascos aerodinámicos y demás parafernalias. También, y a pesar de estar prohibido el drafting (ir chupando rueda de los otros), vi como pasaban auténticas meles de ciclistas que, a modo de pequeños pelotones, se iban turnando en la cabeza de los mismos y claro, así sacaban medias de velocidad bastante más altas que los que íbamos solitos respetando escrupulosamente las reglas.

Yo me dediqué a trabajar el diálogo interior, es más, tanto lo trabajé que lo hice verbal…¡en voz alta! Me di cuenta que el público que me veía se estaba partiendo de risa pero, francamente, me importaba poco.

El recorrido nos tiraba hacia el llamado camino internacional, esto es, hacia la frontera con Argentina y lo cierto es que el paisaje en esa zona es totalmente espectacular. A la subida tienes el volcán Villarrica (sí, se llama como el lago y como la ciudad que está a 20 km de Pucón) a la derecha y los imponentes Andes al fondo, con varias montañas más con nieves perpetuas que despuntan con el sol y que parecen un decorado.

Lo habitantes de cada casa de campo del recorrido habían salido a la carretera a animar, estaban con banderas chilenas o mapuches y algunos con altavoces y música a toda pastilla. De repente vi un autobús con matricula argentina que habían detenido y echado a un lado por la propia competencia y ¿qué habían hecho los pasajeros? ¡Sí! ¡Bajarse a animar!

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

Allá por el kilómetro 22 vi pasar como un meteorito a Sanders (el ganador de la prueba), que iba ya de bajada sacándoles como 5 minutos al resto de los competidores.

Pasamos por la localidad de Curarrehue, ya cerca de la mitad del recorrido y el ambiente no podía ser mejor. La calle estaba repleta de gente que nos animaba sin descanso. No sé porque, en ese momento apareció en mi mente el gran consejo que me había dado mi mujer esa mañana: “¡No hagas tonterías!”. Empecé a decirlo, como no, en voz alta y a reirme. Me pareció totalmente entrañable la frase y el amplio sentido que podía tener dentro de la competición.

Ya de vuelta, uno se cree que el trabajo está casi hecho, pero en el kilómetro 70 apareció el viento. Me habían advertido de ello, pero yo lo esperaba casi llegando a Pucón, no tan lejos. Ahí el bajón moral te puede llegar a jugar una mala pasada, por lo que tienes que luchar contra eso.

En la recta del aeropuerto, antes de entrar de nuevo a la ciudad, el viento arreció y, desafortunadamente vi como un participante estaba tumbado en el arcén con la cara ensangrentada. Ya lo estaban atendiendo e inmediatamente vi pasar la ambulancia que iba a por él. Ahí si que tomaba sentido la frase de mi mujer. Esta vez, me lo repetí mentalmente…¡no hagas tonterías! Con lo cual decidí olvidarme de los aerobars y simplemente conservar una postura no tan agresiva sobre la bici, en pos de la estabilidad y la seguridad, no fuera que una racha de viento me tirara como lo había hecho con ese desafortunado participante.

Así entramos de nuevo en Pucón y si en la mañana temprano había gente, ahora había mucha más. Otra vez a la zona de transición, otra vez la bolsas, otra vez cambiarse sentado y aprovechar para repasar las partes expuestas del cuerpo con protector solar. Ahora sólo queda correr

Mi primer Ironman 70.3 con 43 años

La península

Esto que nombrado así puede parece el título de una película de suspense o de terror, tiene algo que ver. El Ironman 70.3 de Pucón esta denominada como “la carrera más linda del mundo” y en gran parte es por el recorrido de este segmento de la competición, por las vistas que hay, a un lado del lago y al otro del volcán pero ¿cual es el precio? Pues el precio es que los 21 km de trote son un auténtico rompe piernas. Subidas y bajadas en 5 de los 7 km del circuito y que coinciden con este accidente geográfico llamado la península de Pucón.

La mejor comparación que se me puede ocurrir es una etapa de alta montaña del Tour o de la Vuelta a España, pero en versión carrera a pie. Cientos y cientos de personas a ambos lados de la carretera animando sin parar, lo que te hace ir en volandas kilometro tras kilómetro.

Una cosa que sospechaba, y que aquí se confirmó, es que muchos de esos que lo habían dado todo en la bici, aquí se vinieron abajo. Lo cierto es que vi a demasiada gente sufriendo demasiado. Calambres, gente cabizbaja caminando, competidores resoplando y a punto de desfallecer. En fin, lo que decía al principio de la película de miedo, esto se parecía un poco a Walking Dead.

En mi caso, y supongo que por haber venido con la humildad y la prudencia del novato, no me resultó excesivamente penoso este segmento. Mantuve un ritmo bastante digno y en ningún momento caminé. Creo que fui conservador en la bici y, además, me dediqué a alimentarme e hidratarme de forma óptima. Igual en este segmento no dejé pasar ningún puesto de hidratación y gestioné bastante bien la temperatura corporal con las esponjas húmedas que proporcionaba la organización.

Fantástico como animaba la gente. A destacar un par de carteles que vi en el recorrido: “Cuando las piernas flaquean, hay que seguir con el corazón” o “Sin dolor no hay gloria”. En fin, un ambientazo en toda regla. Pocas veces como deportista aficionado uno se va a ver en una igual.

Al final de la segunda vuelta vi a mi mujer en una terraza y la avisé: “en menos de 35 minutos estaré en meta”, para que fuera hacia allá.

Las anécdotas fueron variadas. Un poco antes de ese momento, una mujer se puso corriendo a mi lado y se dirigió a mi:

Excuse me, do you speak English?
Yes, a little bit.
Where is the finish line?
Imaginaros tener que pensar en ese momento cómo explicar a una guiri tal cuestión y me salió una espontanea frase….

You must turn to the right before of the “península”
¡No recuerdo ni por lo más remoto cómo narices se dirá península en ingles! Pensé

El caso es que me entendió y lo único que dijo fue…

But, just before?
Yes, yes, just before!

Ya en la última vuelta, y cómo diría mi amigo Sergio, al ir muy entero, me dediqué a animar a otros competidores. Adelanté a uno que llevaba las mismas zapatillas que yo y le grité:

Oye ¡con esas zapatillas tienes que volar!

Vi a otro competidor con un trisuit de España y además lo recordaba por el adelantamiento que me había pegado en la bici. Le empecé a llamar por su nombre y a animarle todo lo que pude. Incluso saco fuerzas de flaqueza y me acompañó unos cientos de metros.

De repente otra mujer empieza a hablarme, al confundirme con un amigo, lo cual generó un momento muy gracioso. En la última cuesta fuerte, aconsejé a una chica que iba caminando que plantara todo el pie en cada zancada, que eso le iba a ayudar en la cuesta, antes de darme cuenta de que llevaba una marca de zapatillas que, precisamente, no te dejan plantar todo el pie.

Bueno, el caso es que ya encaré la línea de meta y ahí ya si que sientes la alegría y la emoción de la épica que acabas de realizar. Un largo alfombrado te lleva por los metros finales, de repente una bandera española en una esquina y mi mujer gritando…, la saludo y tomo la bandera. Se te ponen los bellos de punta cuando enfilas la recta final…

El caso es que llegué bastante más entero de lo que esperaba, el cansancio posterior no fue demasiado y la experiencia, qué queréis que os diga, francamente preciosa.

La incertidumbre que tuve las dos semanas previas, con una lesión de cadera incipiente y una caída con la bici tan sólo 10 días antes de la competición, que me dejó magullado y dolorido, pusieron emoción y, porque no decirlo, algo de sufrimiento, al asunto, pero de verdad que ahora casi no me acuerdo de eso.

Mis agradecimientos especiales van para mi mujer, que ha soportado mis entrenamientos durante los últimos meses. A los chicos de la tienda Pro Village, que tan sabios consejos me dieron. A Macarena Herrera que acompañó a mi mujer y a mi hija toda esa larga mañana de competición. Y por último a Paula Elizalde y a Mas O2, cámara hiperbárica, por su apoyo con el alojamiento estos días.

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