“Me encontré dentro de una furgoneta, atada de pies y manos y amordazada. Casi no supe cómo fue, cómo sucedió. Fue tan inesperado que no tuve tiempo para reaccionar.”

Un secuestro sin móvil
Un secuestro sin móvil

Yo corría como siempre por la Casa de Campo de Madrid abstraída en mis pensamientos dándole vueltas a un problema menor que me rondaba por la cabeza, cuando un hombre junto a una furgoneta, con un mapa en la mano, me preguntó con acento inglés por la M30. Me acerqué algo molesta por la interrupción en mí marcha pensando:

-A ver cómo le explico yo a este guiri  por dónde tiene que ir.

Sacó un objeto del bolsillo y me roció con él. Lo demás no sabría explicarlo. Me vi tumbada boca abajo en la furgoneta, atada de manos y  pies circulando a una velocidad media por una vía libre de semáforos. Quise suponer que sería la M-5  por ser la más cercana al lugar del rapto  y no aminoró hasta casi media hora después, aunque no podía saberlo con exactitud, tenía las manos atadas en la espalda y la vista no llegaba al reloj.

Al llegar a las proximidades del lugar que iba a ser mi encierro bajó la velocidad, supongo que tuvo que callejear hasta llegar al lugar elegido. Allí metió el coche en un garaje, oí el ruido que hace la puerta, abrió la parte trasera de la furgoneta y me sacó. En ningún momento me tapó los ojos: me dejó que lo viera a él y que viera el lugar donde me iba a retener.

Estaba tan confusa y tan asustada que no podía pensar. Si lo hubiera hecho habría comprendido que ese hombre pensaba matarme y por eso no le importaba que viera su rostro.

La primera noche fue horrible. Me encerró en una habitación semivacía. Un colchón en el suelo, unas mantas, un cubo con agua, un vaso de plástico y una bacinilla era todo el mobiliario. Me desató las manos y los pies, me dejó un vaso de leche con galletas que no probé y salió cerrando la puerta con llave. Había un ventanuco con un cristal opaco y con rejas. Como digo esa fue mi primera noche en aquel espantoso lugar.

Cada día su actitud era igual de fría e indiferente y en ningún momento me confesó cual era el fundamento de mi secuestro, ni sus intenciones.  Yo le hacía mil preguntas mientras permanecía  a mi lado. Le rogaba que me contestara, le suplicaba que me dijera algo, pero nunca me respondió, sólo me hablaba cuando quería mandarme algo.

¿Un secuestro sin móvil?

Creo que pasó una semana y muchas horas en las que pensé largamente sobre mi triste destino. No comprendía qué diablos hacía yo allí en aquel lugar. Mi persona no tenía ninguna relevancia ni social ni política ni mucho menos económica.

– Una chica como yo, sin ningún rasgo relevante para que alguien se fijara en mí, de un barrio de clase media, con un trabajo precario  secuestrada por un hombre que no parece querer rescate, que no es un violador, ni  un sádico maltratador. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué se fijó este maldito hijo de perra en mí? ¿Por qué paré mi carrera y no seguí mi marcha?

Me torturaba día y noche con las mismas preguntas. Cada día la misma rutina. Me traía tres veces los alimentos, siempre en materiales reciclables, me vaciaba  las vasijas, pero jamás respondía a mis preguntas. Yo estaba al borde de la enajenación, sumida en una especie de desmayo, apenas probaba la comida, tumbada en el camastro sin querer abrir los ojos. Intuía mi final en manos de ese maníaco con el que había tenido la desgracia de tropezar.

Por su aparente tranquilidad no pensé que fuera a matarme de inmediato sino ya lo habría hecho, pero entonces por qué me retenía. Sus intenciones eran para mí un enigma que por mucho que pensara no podía descifrar.

Traté por todos los medios de averiguar sus intenciones, primero por las buenas prometiendo cosas que sabía que nunca cumpliría como que si me dejaba libre jamás lo delataría y también por las malas, abalanzándome contra él, arañándole y gritando hasta enronquecer pero lo único que conseguía era que me atara y me tapara la boca. Entonces opté por amansarme para ganar su confianza y que al menos me permitiera tener las manos libres.

Decidí defenderme, actuar. O al menos lo intentaría. No podía dejarme morir allí en aquel encierro. ¿Pero cómo? Tenía tiempo para pensar, eso me sobraba.

Y llegué a la conclusión de que la única arma que estaba a mi alcance era el vidrio del ventanuco, pero no llegaba bien a él. El cubo podría ayudarme si aguantaba, pues era de plástico. Observé los movimientos que hacía cada vez que entraba a servirme las comidas. Estudié hasta el último de sus movimientos y decidí un plan. Esperaría a la noche. Así lo hice.

Derramé el agua que quedaba por el suelo, coloqué el cubo bajo la ventana, me envolví una mano con una de las mantas y la otra la coloqué en el suelo para amortiguar el ruido si caían los vidrios y me puse manos a la obra. Si me descubría estaba perdida. Me costó muchos intentos, pues el miedo me hacía temblar y el corazón me palpitaba con tanta fuerza que pensé que iba a estallar. Pero finalmente lo conseguí. Me hice con un trozo de vidrio lo suficientemente afilado para atacar a mi secuestrador. Si tenía suerte, si acertaba en el lugar exacto tendría la oportunidad de escapar.

Por la mañana, cuando entró y se agachó para depositar la bandeja de los alimentos en el suelo me abalancé sobre él y le clavé la punta del vidrio roto en el cuello. Salí de estampida, no sin antes cerrar la puerta con la llave que para mi suerte estaba puesta en la cerradura. Cuando estuve fuera de peligro pedí ayuda porque mi intención no era matar a mi secuestrador, sino defenderme y poder huir.

_! Ah!, me olvidaba decir que el inglés era escritor y estaba en fase de elaboración de  una novela negra en la que había un secuestro y posiblemente una muerte, aunque el final no podremos saberlo nunca. Yo le hice de conejillo de indias. No murió así que años después tuve que volverlo a ver en el juicio. No parecía el mismo joven arrogante que yo conocí. Ahora tenía problemas para hablar y una  cicatriz en el cuello que le llegaba al rostro. Apenas me miró.

Valora este artículo