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Las más de 150 organizaciones que forman la Caravana Abriendo Fronteras piden ayuda social para que se retire el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2017 a la Unión Europea

Niños refugiados | Muhammed Muheisen
Niños refugiados | Muhammed Muheisen

Su actuación es «inmoral e ilegal», por eso la Caravana Abriendo Fronteras solicita que se retire el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2017 a la Unión Europea. Para ello ha puesto en circulación cuatro postales cuyos destinatarios son la Fundación Princesa de Asturias y su presidente, Leonor de Borbón y Ortiz y, por último, Felipe VI. La intención es que el desdeñado correo postal haga de émbolo social, o, dicho de otra forma, presionar físicamente en los despachos, que el volumen sí ocupa.

Además, bajo el título Premio de la VergÜEnza, la Caravana, un puzle altruista formado por más de 150 organizaciones y colectivos que batallan en pro de la libertad de movimiento, lanzó hace un mes una petición en una conocida plataforma virtual que ofrece la posibilidad de recoger firmas como modo de protesta. En su caso, van por más de 2.500.

¿Para qué te comprometes?

En junio de 2017, la Coordinadora de la ONGD del Principado de Asturias emitía un comunicado en el que calificaba de «absoluta vergüenza» el premio a la Unión Europea. Los motivos que presentaba para fundamentar su enorme indignación se resumían entonces en una sola palabra: refugiados.

Lo cierto es que no ha habido que prender ninguna vela para iluminar el incumplimiento que la UE ha venido haciendo de su romántica promesa para echar una mano a las personas que huían, y huyen, de los horrores de la guerra. Nada de metáforas. Por eso recordamos ahora el polémico acuerdo que la organización hizo el marzo pasado con Turquía para contener a millones de seres humanos contra los confines de Grecia, y que, para ONGD suponía entonces una intolerable falta contra la justicia del hombre por vulnerar «la Carta Internacional de Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, el Convenio Europeo de Derechos humanos y la Convención de Ginebra para los Refugiados, así como diferentes directivas europeas en materia de asilo».

Lo que sí parece el secreto entre secretos es la situación de estas personas a día de hoy. A la chita callando, se dice. Sí, siguen soportando la vida en tierra de nadie mientras Europa, muy creyente, lava los pies a unos maestros que han puesto en fuga la integridad moral con una de las mayores premeditaciones de la historia. Qué bonito.

Por aquel entonces, y respecto a los refugiados, lo único que cumplía la Unión Europea era años. Así, solo había formalizado en un 20 por ciento su promesa de acoger a las más de 180.000 personas que esperaban un futuro suspendidas en sortilegio ajeno, abandonadas a la intemperie moral que conformaban —y conforman— los limbos legales y visceralmente estrellados de países como Grecia e Italia. En lo que nos toca, en España el porcentaje se queda en un 10 por ciento y responde a poco más de 1.800 personas. Dime, ¿para qué te comprometes?

En este sentido, el director de cooperación internacional de Save The Children, David del Campo, informaba en un diario nacional sobre cómo va la evolución de estos presagios telenovélicos que en su día hizo la Unión Europea:

«Ineficacia, irresponsabilidad e inhumanidad […] Era una gran mentira. Sabían desde el inicio que no se iba a cumplir»

El niño muerto de la foto

Lejos de progresar adecuadamente, a día de hoy la UE sigue sin dar un palo al agua en lo que a ayuda se refiere.

Como no podía ser de otra forma, el reportaje de Del Campo estaba ilustrado con la foto de Aylan, el niño al que no le hace falta apellido, ni nacionalidad, ni tampoco mencionar su condición de refugiado. Esto es así porque su muerte causó el encogimiento social que da el morbo momentáneo:

¿El niño muerto de la foto? Pobrecito, qué injusticia. Putos gobiernos… Hace sol. Mira dos negros. ¡Que se vayan a su país, refugiados de mierda! Pobre Aylan… Me recuerda a mi pequeño y se me ponen los pelos de punta.

La conciencia es muy crítica con lo intolerable de ver ahogada la inocencia es su estado más puro. Muy crítica y muy curiosa también. Por eso es la indignación y la grandísima preocupación por el semejante lo que mueve los dedos vertiginosamente por la pantalla del móvil para ampliar la foto, no sea que se nos esté pasando la mueca con la que el niño dejó esta vida, la marca de su camiseta, o la mano medio enterrada de otro muerto.

Un par de años más tarde, Aylan muere una y otra vez a los ojos de nadie. Save the Children cifra hasta en 500 los menores que este año han perdido la vida en el Mediterráneo. 2.244 personas en total, dice la OIM. Y Europa sigue rodando.

Pero no, la culpa no es del mar. Ese solo se encarga de recordar el potencial de la naturaleza frente a la infinita pequeñez del ser humano. Lejos del agua, esta gente ya ha sido devorada por el hombre mismo.

Lo malo de matar de conciencia es que parece que el que muere lo hace por imprudente, por negro, por moro, por pobre. Lo malo de matar desde Europa es que se levantan concertinas frente al malvado extranjero que huye de la guerra, oh dios, con el único objetivo de quitar el trabajo que Europa no acostumbra a dar mientras, tras ellas, nos rasgamos la vestiduras ante la foto de un niño ahogado en la playa. Lo peor de quitar vidas desde Europa es que uno cree, ignorante papanatas, que la tierra que se pisa es propia cuando en realidad no pasa de un préstamo caprichoso de los patrones que guían el Viejo Continente con el seso puesto mirando hacia su ombligo. Y nos acordamos ahora de Metrópolis.

Seguramente, cristiana

Aunque es difícil poner números, ACNUR hace corresponder con el 8.500 el de las personas que han sido engullidas por el Mediterráneo cuando intentaban llegar a Europa. De ellas, 5.000 murieron en 2016. Esos son los habitantes de Huéscar, de Tudela del Duero, Tordesillas, Almusafes y Cheste, por ejemplo.

La ONG, sin embargo, escurrió la alarma hace unos días al poner de relieve sus experiencias en el desierto de Libia, «la ruta más peligrosa para migrantes y refugiados del África subsahariana». Como en el mar y como en todos los conflictos armados, en Libia, los traficantes de seres humanos están con la oreja puesta. Vamos con un ejemplo.

ACNUR relata la tragedia de un camerunés llamado Daniel, secuestrado y torturado durante un par de meses por sus propios compatriotas, y puesto después en libertad junto con una deuda adquirida por no querer la miseria que él no había pedido. Es la extorsión material del desalmado, un adjetivo que, no obstante, podríamos etiquetar en muchos perfiles europeos de las redes sociales. Ahí, escudriñando la penuria forastera desde la lejanía.

Hablábamos por ahí arriba del fervor creyente de quien lava los pies del vecino. En Europa, los patronos juegan a las tabas con los países y con sus habitantes. Lanzo uno al aire mientras cojo otro con la misa mano. Me lo quedo. Después de padecer, Daniel, el camerunés, fue amparado por una capilla cristiana de Níger. Probablemente, humilde y discreta, necesitada y huérfana de benevolencia ajena; seguramente católica.

Con los 20.300 menores refugiados que en septiembre de 2017 siguen apretados contra la frontera física y moral de Grecia, y con las mentiras cojas de la Unión Europea referentes a sus promesas de reubicación, sin tiempo, la Caravana Abriendo Fronteras pelea con las pocas armas democráticas que suelta Europa, que de la vergüenza no conoce más que la diéresis.

Los destinatarios de las cuatro postales de CAF
Los destinatarios de las cuatro postales de CAF

 

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2 Comentarios

    • ¡Hola Juan Luis!
      2.244 personas muertas en lo que va de 2017, 500 de ellas menores, y los más de 20.000 niños que siguen esperando en tierra de nadie no es hacer demagogia.
      Hipocresía, en cualquier caso, es ser garante de mantener la unión y la concordia mientras se da con la espalda en las narices a quienes más lo necesitan, que, por cierto, escapan de ese ISIS que mencionas en tu comentario.

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