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A mis treinta y cinco años era virgen. Nunca había estado con mujer alguna y, de no ser por la ternura y la comprensión de mi ángel, me hubiera costado muchísimo dar este primer paso

Esther ha llegado a mi vida llenándolo todo
Esther ha llegado a mi vida llenándolo todo

En la vida, no echas de menos aquello que no tienes. Cuando lo has conocido, cuando lo has sentido, todo cambia y la percepción de tus necesidades se transforma.

Diréis que por qué os cuento esta perorata para empezar. Pues con un poco de calma, y si mi estado de ansiedad me lo permite, os lo contaré.

Mi nombre es Jorge. Soy un hombre de treinta y cinco años con una posición social dada por mi profesión, de clase media baja, con suerte y capacidad para los estudios. Soy doblemente licenciado en arquitectura y economía. Esta segunda la hice a remolque de las necesidades que me iban surgiendo en mi profesión, ya que, desde mi trabajo, sentí la necesidad de poder defender mis proyectos económicamente y estar preparado para ello.

Sí, en este sentido puedo decir que soy un triunfador pesé a mí mismo, ya que de alguna manera poco o nada he hecho para ello.

Al terminar la carrera, uno de mis profesores habló conmigo: una compañía se había puesto en contacto con él. Necesitaban savia nueva, alguien muy activo, de personalidad inquieta y que ofreciera una cierta imagen y don de palabra.

─¿Usted cree que yo soy el más adecuado para esto?

Mi inseguridad siempre me ha seguido. Todos me han visto un persona segura de sí mismo, pero al final creo que esos es una imagen que trasmito por mis propios miedos internos, y cuando salen fueran, los demás ven todo lo contrario de mí.

─Jorge, te conozco hace tiempo. Si no estuviera seguro no estaríamos teniendo esta conversación. Preséntate en esta dirección y pregunta por el Sr. Rivero.
─¿Puedo hacerlo a cualquier hora?
─No, me ha dejado bien claro que solo por las mañanas; más bien al mediodía.
─Así lo haré.
─Se me olvidaba decirte: no te olvides decir en recepción que vas de mi parte.

Iba como un manojo de nervios. En la recepción no atinaba a hablar, pero la sonrisa de la chica de la entrada me relajó, y pude soltarle un discurso de una forma medianamente coherente.

─Siéntese un momento en aquellos sillones. Enseguida le aviso.

Sí, aunque parezca increíble, en los tiempos que corren ese fue mi comienzo laboral. Ni tan siquiera tuve que presentar un maldito currículum vació de contenido en cuanto a experiencia laboral en aquel momento.

Después, la vida y el traqueteo empresarial me han traído y me han llevado. En esta empresa nos dedicábamos a arquitectura de interiores. Algo después, una vez superado el periodo de prueba y ya con mi contrato fijo en el bolsillo, la empresa fue absorbida por otra más grande que necesitaba de esta actividad para poder tener accesos a proyectos más ambiciosos, sobre todo con la administración.

En la nueva organización caí desde el primer momento en gracia, y de ser el último mono en la empresa anterior, en esta otra ya formaba parte de ese pequeño grupo de decisión junto a otro compañero. Éramos jefes de proyectos y esto ya nos ponía en otra posición.

Bueno, os estoy aburriendo con algo que se desvía un poco de lo que os quiero contar, pero para explicar mi situación, creo que es absolutamente necesario empezar por aquí.

Lo que os he contado es muy breve, pero no tan corto en cuanto a lo temporal. Fueron casi tres años en la primera empresa y en esta ya llevo cinco. Me había convertido en un solterón, vivía solo en un ático en un barrio del centro de Madrid, pero mi vida, a excepción del trabajo y algunos compromisos sociales normalmente provenientes de mi actividad profesional, era nula.

A esto viene mi comentario inicial: me había acostumbrado a este tipo de vida. Estaba rodeado de todo aquello que me gustaba: mis libros, mis música, mi colección de películas. Aquellos escapadas a otras ciudades o mis viajes a otros países completaban mi vida.

En lo familiar, poco que decir. No conocía lo que era una familia. Me había criado de centro en centro desde que nací. No había conocido otra cosa que las instituciones. Algunas monjitas eran lo más cercano a mi familia, aquellas de San Juan de Dios que cuidaron de mí en mi infancia, sobre todo Sor Teresa. Lo ha sido todo para mí hasta que hace un par de años una grave enfermedad tras volver de las misiones, su objetivo prioritario, se la llevó dejándome como su único heredero.

Como comprenderéis, al igual que todas las vidas están llenas de luces y sombras, de alegrías y tristezas, así era la mía. Pero todo cambia. Ahora os contaré cómo la vida es algo lleno de círculos que se cierran y nos van completando nuestra existencia.

El trabajo estaba en su momento álgido. Hasta ahora, mi compañero Pedro Rivas y yo estábamos cubiertos por la plantilla de administrativos de la compañía, pero desde arriba, alguien con un buen criterio pensó que por lo sensible de nuestro trabajo esto debería estar controlado por una persona, alguien que nos otorgara la suficiente confianza para ser nuestras manos y nuestros ojos dentro y fuera de la empresa. Y así fue como sucedió, así es cómo la vida me deparaba una gran sorpresa: a Esther.

Mi primera empresa era excesivamente paternalista. El Sr. Garrido lo pasó muy mal, ya que al unirnos a esta otra empresa, algunos compañero se tuvieron que quedar en el camino. Eso es algo que él no olvida y, a pesar de haber conseguido una buena indemnización para esos compañeros, no ha dejado de tener relación y preocuparse por ellos. Así ha sido como mi ángel, Esther, ha llegado a mi vida llenándola de todo aquello me faltaba y que por desconocerlo no lo echaba en falta.

Al plantear en la reunión la necesidad de tener una secretaria propia en nuestro despacho, se acordó de nuestra antigua recepcionista, esa chica que en mi presentación el primer día en la empresa de interiorismo acabó con mis nervios, con mis frases inconexas, y que con su simple mirada me dio la calma necesaria para recobrar medianamente mi coherencia. Ella sería la nueva secretaria que tanto Pedro como yo compartiríamos.

Ya no era aquella joven que conocí. Ahora era una mujer madura, a la que la vida no había tratado muy bien.
Los primeros días tras nuestro reencuentro fueron más de conocimientos personal que del profesional. Con una soltura inusitada se hizo sin apenas esfuerzos con él.

Estábamos hasta arriba de trabajo. Pedro delegó en mí casi todo lo que tenía que ver con el trabajo y con Esther. Eran muchas horas juntos, muchos cafés compartidos. En unos días algo me decía que el reencuentro con mi ángel,no era algo trivial; en solo unos días mi cuerpo respondía de un modo diferente a mi reacción entre Pedro y la que tenía con ella.

Los primeros cambios los notaron los demás. Yo hacía las cosas de manera inconsciente. Me arreglaba un poco más y era mucho más cuidadoso a la hora de escoger mi vestuario. No había día que fuera a la oficina sin rasurarme, y en lugar de esas colonias baratas compradas en el híper, había comenzado a utilizar esa de Yves Saint Laurent, Opium, que hasta ese momento la tenía reservada para esos momentos especiales o esas reuniones singulares por su trascendencia o por su singularidad.

Creo que todo fue llegando de una manera natural. Cada día me apetecía más llegar a la oficina, estar junto a ella horas y horas sin importarme que el tiempo de trabajo se hubiera acabado. Con la excusa de terminar algo se alargaba a veces por un par de horas.

De los encuentros en la oficina pasamos a vernos a primera hora antes de entrar para desayunar juntos. Después, a la salida, algunos días tomábamos una copa en algún lugar y, por último, lo de acompañarla a casa se convirtió en rutina.

Un viernes por la tarde, Esther me sorprendió. No porque no supiera que tenía un hijo, ya que lo primero que hizo al llegar a la oficina fue poner una fotografía de él sobre el escritorio, sino porque me pidió que a la mañana siguiente los acompañara al parque de atracciones.

Así fue como conocí a Jonás, su pequeño de ocho años. Fue verlo y recordarme mi infancia junto a las monjas. Entonces lo tuve claro, quería a su madre, lo quería a él y los quería tener a ambos como mi familia, esa familia que nunca había tenido y que ahora… Sí, ahora la añoraba, la deseaba y la tenía al alcance de la mano.

Esa mañana, por fin Esther se abrió a mí, por fin me hablo de sus años oscuros, de lo poco que duró la felicidad tras el nacimiento de su hijo y que justamente coincidió con los días de mi entrada en la empresa, aunque apenas en aquella época cruzáramos alguna que otra frase.

A su ex lo mató la responsabilidad. Y digo que lo mató porque aunque aún está vivo, no soportó el ser cabeza de familia, el tener la responsabilidad de un hijo. Por eso la vida le arrastró a esos bajos mundos de las dependencias. Primero del alcohol, agotado el matrimonio. Después el coqueteo con otras sustancias para terminar inyectándose la maldita heroína. La compartía en cualquier rincón oscuro, sucio, lejos de miradas indiscretas que, al tiempo que lo anulaban como persona, lo hacían nido de incubaciones de enfermedades innumerables.

Después vino la ruptura y, tras ella, la indiferencias de su propia familia, el abandono más absoluto de su persona.
Hoy en día, Esther aún lo visita en alguno de sus ingresos hospitalarios. En algunas de esas crisis me narraba entre lágrimas y voz entre cortada por los sentimientos que estaba viviendo y la angustia que estaba padeciendo.

Sus sentimientos me hicieron abrazarla. Así nos encontró Jonás cuando, sin darnos cuenta, se bajó de la atracción dónde le habíamos montado mientras me contaba esa etapa tan gris de su existencia.

La sonrisa del niño lo dijo todo. Nosotros nos miramos y apenas hicieron falta las palabras, nos dimos la mano. Desde entonces no nos hemos separado. Esa sonrisa del niño fue nuestro juramento de amor.

Esa noche Jonás me pidió que le contara un cuento antes de dormir. Su madre me pidió que durmiera junta a ella.
No, no seáis mal pensados, solo dormimos juntos, abrazados el uno al otro. Su aliento en mi cara, su resuello sobre mi cuello, mis brazos uniéndonos a ambos y sí, he de reconocerlo, me dormí con una fuerte erección y al despertarme aún estaba allí, pero era algo que no era capaz de controlar, una respuesta natural a la primera noche que pasaba junto a una mujer.

Alguno os preguntareis que no entendéis esta postura, que hoy en día no se entiende que dos adultos que se gustan y que duermen juntos no vayan más allá de un abrazo y algunos besos casi furtivos, pero comprender mis miedos, mis dudas, mi inseguridad a cómo actuar. A mis treinta y cinco años era virgen, nunca había estado con mujer alguna y, de no ser por la ternura y la comprensión de mi ángel, me hubiera costado muchísimo dar este primer paso.

Hoy llevamos seis meses juntos. Ahora no podría vivir sin amor, ahora sería algo que si no tuviera en mi vida lo echaría en falta, echaría de menos mi familia y, claro está, también echaría de menos el sexo, ese juego compartido, esa mezcla de sudores de alientos, de fluidos que endulzan nuestra historia de amor, ese amor que he conocido a edad tardía, pero del que tan orgulloso me siento.

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