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Soy de un país con muchos navegantes. Soy de un lugar con muchos marineros y con muchos marinos. Yo no soy vikingo. Alguna vez ocurrió algo parecido.

Vikingos

Hay días en los que el cielo y el mar se derriten en un mismo azul, el clima es bondadoso, las olas y las veletas están ausentes. En los parajes atlánticos, donde vive Alberto, solo cuatro o cinco días al año son de color azul, son días en los que los que no son vikingos también pueden navegar.

Alberto es un gran optimista, se compró una embarcación para esos días de color azul.

Una pequeña neumática fueraborda con la que suele salir a navegar con su amigo Óscar. No se puede decir que sean expertos navegantes, pero tienen los suficientes conocimientos para realizar trayectos bordeando la costa.

Óscar invitó a David, un gran viajero por tierra, a lo que sería su primera experiencia como marinero. Quedaron a primera hora de la mañana en el arenal de la Frouxeira, su objetivo era ir bordeando la costa hasta Cedeira, darse un chapuzón por el camino y regresar a la hora de comer.

En la playa la curiosidad se arremolino para ver su partida, como el color del día, aquello no era habitual. Una vez que posaron la embarcación sobre el agua, Alberto se sentó en la popa manejando el motor, y Óscar y David se subieron a ambos lados de la embarcación sobre los flotadores.

El viaje de ida fue como se lo esperaban. A su derecha podían ver como los acantilados se hundían sin compasión hasta las profundidades. El mar acosaba la tierra y a la izquierda un océano Atlántico que no tenía fin.

David estaba sorprendido, le habían dicho que el mar estaría como un plato cuando la realidad era que se mecía de una manera inquietante. Su cuerpo rebotaba en los bordes de la lancha como sobre una carretera mal asfaltada. Con el temor a salir despedido, sus manos amoratadas se fundieron con los asideros de la embarcación.

Sus caras emocionadas se humedecían con el salitre que acompañaba la brisa del mar.

A la mitad de la travesía, Alberto paró la embarcación, el suave movimiento de las olas los balanceaba pausadamente. David se sintió aliviado y atrevido.

—Podríamos darnos un baño —dijo.

Alberto y Óscar lo miraron con compasión.

—Estaría bien —dijo Óscar—. El problema es subir luego a la embarcación.

David le miró extrañado.

—Si eres capaz de subir sin ayuda, pago yo las cervezas. En caso contrario, las pagas tú —le dijo Óscar.

David asintió, se puso de pie y se quitó la camiseta. La embarcación se movió frenéticamente e hizo que perdiera el equilibrio. Alberto y Óscar se reían.

David disfrutó de aquel baño, pero se dio cuenta que era un novato y había caído en una emboscada, después de varios intentos para subir decidió que el invitaría a las cervezas.

En Cedeira se sentaron al sol en una terraza, bebieron cerveza como si hubieran realizado la travesía por el desierto de Atacama.

Se estaban riendo de la jugarreta que le hicieron a David cuando una llamada de la mujer de Óscar los alertó. En Valdoviño, en la Frouxeira, se divisaba una densa niebla que avanzaba desde el mar. Las tranquilizadoras palabras de Alberto y el exceso de lúpulo los animó a tomar una decisión de la que más tarde se arrepentirían.

Se apresuraron a llegar a la embarcación e iniciaron la travesía de vuelta. Hasta que salieron de la ría de Cedeira todo transcurrió de manera apacible. En alta mar no había indicios de que se pudiera enturbiar el viaje, eran aproximadamente veinte minutos de trayecto y el azul seguía siendo el único color.

En cuestión de pocos minutos, oculta y al acecho, la niebla los envolvió, sin que se dieran cuenta empezó a penetrar en la piel de los tres navegantes. El color azul se transformó en una espesa y húmeda nube gris que les impedía ver más allá de la propia embarcación.

Alberto suavizó el movimiento del motor. Quería tranquilizar a sus compañeros, pero su mirada transmitía preocupación. Sabía que la navegación sería peligrosa, una dirección errónea los podía llevar a los acantilados o a perderse en el océano.

David sacó su teléfono móvil, Alberto y Óscar dejaron que lo comprobará. Allí no había cobertura. Alberto les comentó su plan: seguirían navegando con el motor a bajas revoluciones, no debían preocuparse por el combustible ya que llevaban un envase de reserva. Óscar y David se sentarían en la parte delantera a ambos lados de la embarcación con los remos a mano, debían estar muy atentos intentando divisar cualquier señal. Se dieron cuenta que todo dependía de la suerte que tuvieran y poco tendría que ver la pericia de Alberto.

La indumentaria que llevaban, chanclas, camiseta y gorra, no era la más adecuada en aquellas circunstancias. A diferencia de los rayos de sol, que se quedan en la superficie, la humedad penetra sigilosamente por los poros de la piel y se clava sin compasión en los huesos. Para impedir que sus extremidades se quedaran entumecidas, Alberto les aconsejó moverlas continuamente.

Llevaban un largo tiempo en silencio cuando David les dijo que en su reloj había una brújula que nunca había usado.

Alberto y Óscar le miraron sorprendidos.

—¿A qué esperabas para decirlo? —le gritó Óscar—. Dáselo inmediatamente a Alberto.

David se quitó el reloj de su muñeca y se puso de pie, Óscar le echó la mano al cuerpo mientras gritaba “¡¡¡No!!!”. No pudo hacer nada, David por un lado y el reloj por otro salieron despedidos al agua mientras la embarcación se balanceaba con energía.

Óscar se echó sobre el borde de la lancha acercando el remo a David, el terror le permitió agarrarse como un psicópata. Óscar le sujetó por el bañador y le empujó bruscamente para ayudarle a subir.

Una vez rescatado, se miraron con alivio y preocupación. No hicieron ningún comentario sobre lo sucedido, estaban entumecidos. El frío y la humedad se apoderaron de sus cuerpos. David temblaba y en sus labios asomaba el color morado.

Alberto decidió que irían intercalando el uso de los remos con el motor y así se mantendría activos.
Óscar miró su reloj, habían pasado cuarenta minutos desde que habían salido de Cedeira. Los relojes nunca marcan el tiempo real, para él llevaban varias horas a la deriva.

Al cabo de un rato que les pareció interminable, David habló.

—Quién fuera vikingo, ellos sí sabían navegar.

No hicieron caso al comentario.

—Alberto, ¿si supieras dónde está el sol podrías orientarte?

Alberto no disimuló su contrariedad:

—¡Y si tuviera una brújula también podría orientarme!

David siguió insistiendo:

—Pero si supieras donde está el sol, ¿podrías orientarte?

—Pues sí, pero no tengo manera de saberlo —gritó Alberto.

Carlos se echó la mano al cuello.

—El año pasado estuve en Islandia y nos contaron una misteriosa teoría sobre la navegación de los vikingos en condiciones extremas. No hice mucho caso, me pareció una historia para turistas.

“El espato de Islandia -dijo agarrando la piedra que llevaba colgada al cuello-. Hay que girarla mirando al cielo a través de ella, cuando el brillo aumenta indica que ahí está el sol. Hay que irlo haciendo cada cierto tiempo y marcando el rumbo.

Óscar y Alberto estaban desconcertados, aquello les pareció una chorrada, pero tampoco tenían otra cosa que hacer. Sujetaron a David para que no se pudiera mover.

Alberto cogió la piedra, solo era un grueso trozo de cristal opaco. Sería un juego silencioso, no tenía ninguna esperanza de que aquello funcionara.

David y Óscar remaban con suavidad. Alberto, de rodillas, miraba a intervalos a través de la piedra de espato, lo único que rompía el tenso silencio eran las órdenes que les daba a sus compañeros. Habían pasado dos horas desde que salieron de Cedeira, el frío y el entorno invisible hacían que el tiempo pareciera infinito, como si siempre hubiesen permanecido en el mismo lugar.

Un suave murmullo los alertó, Alberto ordenó que dejarán de remar. Empezaron a escuchar como el silencio se rompía, un susurro les llegaba de manera regular. Se miraron, lo reconocían, era el sonido de las olas al romper en la orilla. Alberto les indicó que pusieran rumbo a estribor. Óscar y David remaban con impaciencia, los tres forzaban la vista intentando atravesar la niebla. Empezaron a balancearse sobre la suave espuma, Alberto gritó “¡Tierra!”. Era la arena de la playa, aunque no sabían dónde estaban.

Aquella historia la recordarían muchas veces, sin duda los vikingos habían sido unos grandes navegantes.


* Vikingos es uno de los cuentos cortos que Pedro Sande recoge en 150 palabras.

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