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Zapatero, criptomonedas y la destrucción de Venezuela
Rodríguez Zapatero, José María Aznar y Felipe González | Foto: RTVE

Fidel Castro Ruz, desde su juventud socialcristiana en el estudio de su carrera de Derecho, se adentro en la historia de Adolf Hitler y, tuvo éxito al cambiar el panorama baptistero y someter al pueblo cubano a una disciplina fuerte hasta aislarlo de sus necesidades primarias.

El marxismo, por su parte, siempre estuvo ligado a las teorías burguesas y continuó hasta mis días de estudiante universitario, donde jóvenes adecos y copeyanos se reunían en la Casa de AD en el Socorro y de La Juventud que, quedaba por el antiguo hospital anticanceroso de la Avenida Soublette para abrir debates sobre el acontecer mundial y el movimiento económico del Estado con las entidades bancarias.

Lo que sucede, hoy en día, no es casual. Todo está programado en Venezuela desde años atrás y los programas de gobierno se inventaban con botellas de licor hasta el amanecer, ya existía el mercado de extracción de alimentos hacia Colombia.

Esos sueños patriotas entre Fulgencio Batista y Zaldívar, es el mismo amor e historia entre José Luís Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias, Monedero y Nicolás Maduro Moros, todo sea por el gas, coltán, petróleo y las medicinas, esto, produce más dinero que las criptomonedas, un verdadero negociado de clubes de la oligarquía y burguesía para entrampar su capital flotante, ya Luis Britto García, brillante abogado chavista- madurista y Bill Gates se pronunciaron sobre ello.

Así que los proyectos de nacionalismo de Fidel Castro Ruz, le dio un resultado brillante y amasó fortuna, utilizando métodos marxistas y nazis para controlar las comunidades, rompiendo con Mao Zedong, el nuevo líder popular en China, esto, originó al final el destierro de Ernesto Guevara De La Serna al final de su trayectoria hacia Bolivia y fue el Che, quien reorganizó todo el sistema económico cubano que exigía mucha austeridad.

Esos sueños del “Novio de la patria” —como el propio Castro se hizo llamar a inicios del tumbe castrocomunista, cuando empezó a autodenominarse “el Papá de todos los cubanos”—, cundieron en la febril mente del joven Hugo Chávez antes de ser entrenado ideológica y militarmente en Cuba y de convertirse en un militar golpista, años más tarde. Devenido entonces presidente bajo una dictadura constitucional (sueño truncado del castrismo con Salvador Allende en Chile, preferían la anhelada guerrilla), declaraba su socialismo nacionalista del siglo XXI, revivido por el bolchevique Raúl Castro, hermano de la Bestia de Birán, así le decían los jóvenes derechistas europeos y tan bestia y sanguinario como él, o más. A ninguno se le pueden defender.

Las relaciones entre Cuba y Venezuela no siempre fueron tan retorcidas ni estuvieron dominadas por un carácter tiránico como las que hoy observamos.

La bandera cubana fue concebida en 1849 por el militar venezolano Narciso López, en Nueva York. La Asamblea Constituyente de Guáimaro la adoptó en 1868, y en 1902 se convirtió en el símbolo de la Cuba independiente. Es la misma enseña que, sin saber su origen, hemos visto quemar por opositores venezolanos como muestra de odio a los invasores castristas. Una pena; los invasores castrocomunistas se han adjudicado la bandera como se han apropiado de una isla, pero esa bandera no representa a la tiranía. La bandera cubana es la bandera de los cubanos, libres o no. Y fue concebida por un venezolano.

La candidatura de Henri Falcón entre este cuadro explicado, es fácil de interpretar y concebir Venezuela y Cuba, siempre se han mantenido aliados. La sólida y genuina cultura cubana que tanto admiraban y creen los venezolanos, al igual que numerosos latinoamericanos, era sin embargo lo que menos interesaba e interesa a los que se adueñaron del destino de la isla y expulsaron a sus artistas y escritores al exilio, fusilaron a los defensores de la libertad y persiguieron y apresaron a tantos inocentes por el mero hecho de opinar en contra de lo que se avecinaba: el odio. Y, con el odio, el castrocomunismo. Bueno, los socialdemócratas aplicaron lo mismo con los viejos caudillos latinos y al lado de los militares masacraron, también a un pueblo.

Ahora aparece Rodríguez Zapatero, como una inocente paloma de la Paz y su fracasado gobierno llevó un caos político y económico a España e introdujo cualquier cantidad de Yihadistas a Cataluña para crear un perfil independentista en España, donde ya ha ocurrido actos terroristas.

El producto de marketing creado por Fidel Castro, la revolución comunista tropical plena de aversión y rencor, llegó y triunfó allá donde se predicó. Por el contrario, su revolución interna fracasó. Una rabia urdida frente a un enemigo inventado no podía llegar a nada. Ahora, los venezolanos pagamos esas consecuencias, allí viene Colombia y México.

Durante más de 58 años, el gran lobo feroz se ha llamado “el imperialismo yanqui”. Con el odio a ese ogro supuestamente amenazador, los Castro ganaron el fervor de América Latina y del resto del mundo.

Sin embargo, 30 años de férrea invasión soviética en Cuba no sensibilizó a los libertarios del mundo. A nadie le importó esa desastrosa invasión. Todos, eso sí, deploraron aquella otra invasión traicionada por J. F. Kennedy, conducida por un grupo de cubanos patriotas o no que intentaron en vano, abandonados por el Gobierno norteamericano, de defender su país del totalitarismo. Como tampoco nadie apoyó la guerrilla que emprendieron miles de cubanos en las lomas del Escambray en contra del comunismo; muchos de ellos habían combatido a Batista. Los dejaron solos.

La soledad de Cuba es épica. Así y todo, pocos escriben la verdad. Ni antes ni ahora reconocen que los cubanos llevan 58 años batallando contra un monstruo que ha conseguido extender sus tentáculos a través de América Latina y del mundo; también hacia Estados Unidos: sus universidades, sus instituciones y al mismísimo Gobierno. El castrismo se apoderó de Nicaragua, de El Salvador, de Argentina, de Bolivia, del Perú, de Ecuador, de una parte, de México, y, por fin, de Venezuela entera, la niña de sus ojos.

Fidel Castro quiso enseñorearse de Venezuela desde los años 60. Allí envió a sus guerrilleros, allí murió Antonio Briones Montoto. Hoy sus sobrinos viven como pachás en Miami, y hasta son dueños de restaurantes y clubes de moda, en lo que ha sido la invasión castrista de Miami más onerosa con la anuencia y el apoyo del Gobierno de Barack Obama. ‘Su intercambio cultural’ unilateral ha servido para que los hijos, nietos y sobrinos de los militares castristas se asienten con sus millones, y los multipliquen, en la ciudad odiada por sus abuelos, padres y tíos, corazón de la mafia del exilio cubano.

Porque es una realidad, todo es una mafia y una pelea interna de control político.

Volviendo a Venezuela. Castro la quería a todo coste, primero que a los demás países de América Latina. La perdió en los 60 cuando su guerrilla fracasó. Entretanto, se metió en Chile, y allí tuvo a Salvador Allende —a pesar de que éste ganara en unas elecciones y no por los embates de una guerrilla—. Su plan era otro, cual un Napoleón, más que un Bolívar, el de usurpar más que liberar. Entonces citaba a Napoleón y a Romain Rolland en sus cartas a Celia Sánchez, antes de verse descubierto en su obsesión hitleriana-leninista.

Tras Chile con Allende y el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), Argentina y sus montoneros hoy devenidos millonarios, vinieron Nicaragua y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (desde el ICAIC y el ICAP de Cuba se les enviaba armamento), El Salvador y su Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el Uruguay de los tupamaros, el Perú y Sendero Luminoso, Colombia y las FARC, y así sucesivamente, hasta Angola, Etiopía, Granada, Panamá, y todas las guerras y movimientos injerencistas y batallones de narcoguerrillas y movimientos terroristas. De todo eso los Castro han sido los creadores.

Venezuela no caía. Venezuela con sus gobiernos difíciles se resistía. No perdieron tiempo. Tanto Hugo Chávez como Nicolás Maduro formados en la isla, fueron entrenados para que un día tomaran el poder y convirtieran al país en el horror que es Cuba. Con el tiempo, paciencia y sus entretejidos tentáculos, lo lograron.

Ya lo decía aquella marcha compuesta por el esbirro castrista Agustín Díaz Cartaya a inicios de 1959, autor del himno del 26 de julio, primer movimiento guerrillero dirigido por Fidel Castro, en el peor estilo soviético, la Marcha de América Latina, donde se resume el papel hegemonista de la isla caribeña: “De pie, América Latina… Marchemos junto al socialismo… Cuba, faro de América toda… América revolución”. China y Corea del Norte han llamado siempre a Cuba “el pequeño hegemonista”; el grande era la URSS.

Desde el primer día en que Chávez tomó las riendas se vio el carácter de marioneta en sus intenciones. Los venezolanos no oyeron a los cubanos que les advirtieron lo que se proyectaba, lo mismo que en Cuba: hambre, desolación, odio, división de las familias, exilio, represión y persecuciones. Comunismo, en una palabra. Muchos comunistas se sorprendieron por esta actitud.

Muerto Chávez, el mejor discípulo de los Castro, heredaron el poder Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, designados por Chávez, entrenado el primero también en la isla, y todavía más adocenado y súbdito del máximo poder del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por los temibles hermanos y por generales fuertes, como ellos, Ramiro Valdés y toda su cohorte, que a través del Gobierno —castrista— hacen y deshacen a su antojo.

Han pasado 18 años de dictadura. Hoy muchos vuelcan su mirada hacia el terror de Venezuela. En Cuba, una tiranía de 58 años conmueve solamente a unos cuantos. Pocos reconocen que el foco de esa atrocidad está en La Habana. Que Cuba ha sido el engaño de América toda, parodiando el himno. Que ese núcleo de oprobio continuará extendiéndose por el mundo.

Ahora, aparece Zapatero y su séquito a seguir derrumbando nuestra economía ya precaria.

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